
Desde que dejé Líbano en 1976 para instalarme en Francia, cuántas veces me habrán preguntando, con la mejor intención del mundo, si me siento "más francés" o "más libanés". Y mi respuesta es siempre la misma: "¡Las dos cosas!" y no porque quiera ser equilibrado o equitativo, sino porque mentiría si dijera otra cosa. Lo que hace que yo sea yo, y no otro, es ese estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales. Es eso lo que define mi identidad. ¿Sería acaso más sincero si amputara de mí una parte de lo que soy?
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