lunes, 15 de febrero de 2010

La pequeña historia de España. (24)


La detención de Azaña no me sirvió de complacencia. Tenía el íntimo convencimiento de que el personaje no había ido a Cataluña a conspirar y mucho menos a participar en la rebelión. A intrigar, tal vez.
A sublevarse, ni pensarlo. De haber previsto la tragedia. Azaña hubiese escapado de Cataluña a toda velocidad, exclamando como Sol y Ortega, contestando a una interrupción famosa en un mitin de Sevilla: ¡Pocas bromas! ¡Pocas bromas!
No lo digo para declarale incapaz de heroicidad, que no es ese aspecto el que más me interese en los hombres públicos, sino para asegurar que su talento y su sagacidad no se hubieran dejado coger en la trampa separatista. Castellano, centralista, enamorado de los Reyes Católicos y del Cardenal Cisneros, enemigo primario de las aspiraciones regionalistas, Azaña había podido disimular esas convicciones suyas para buscar por el apoyo al Estatuto en el Parlamento la solidaridad de Cataluña y popularidad entre los autonomistas catalanes, pero separtista no lo era ni lo es el ilustre complutense.

No hay comentarios: